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La alteración documental y sus modalidades
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Luís Gonzalo Velásquez Posada
(año 2003)
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El estudio de las alteraciones documentales viene
intentándose con rigor científico desde finales del siglo XIX pero son
pocos, en realidad, los esfuerzos que se han hecho para clasificarlas de
manera rigurosa. Los clásicos de esta rama de la ciencia pericial se
contentaron con agrupaciones relativamente sencillas y poco
sistemáticas.
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En los capítulos XXIX y XXX de su monumental
“Questioned Documents” , por ejemplo, el gran maestro Albert S. Osborn
acomete con profundidad el tema de los escritos borrados, su
desciframiento y regeneración, al igual que el de las alteraciones por
adición, incluyendo en ellas las interlineaciones y las sustituciones,
pero no intenta una clasificación sistemática de sus modus operandi.
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Algo similar ocurre con Hilton , con Harrison y
Locard . El primero estudia los borrados, injertos,
interlineaciones, superposiciones, adiciones y obliteraciones, sin
adoptar una nomenclatura estricta ni intentar una cuidadosa
sistematización de los diferentes tópicos. El segundo ahonda en el
estudio de las modalidades del fraude documental, en especial de las que
tienen que ver con textos manuscritos y mecanográficos, pero poco se
preocupa por las clasificaciones. El Profesor Locard, en fin, examina
las falsificaciones por alteración, por transferencia y por deformación,
comprendiendo dentro de las primeras —las que ahora nos interesan —el
raspado, el borrado, el lavado, la enmienda y la interlineación. Mas que
una taxonomía estricta de la alteración, sin embargo, se contenta con
una simple agrupación de materias afines, con una simple ordenación de
temas.
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La mayoría de las últimas publicaciones de importancia
adolecen de las mismas deficiencias. Los señores Del Picchia , por
ejemplo, critican con toda razón una conocida división tripartita de las
alteraciones (aditivas, por sustracción y cronológicas) anotando que no
responde a un criterio racional. Al estudiarlas, sin embargo, las
dividen en raspados, alteraciones con reactivos químicos, agregados y
recortes, olvidando que los raspados, las eliminaciones químicas y los
recortes no son otra cosa que específicas modalidades de alteración
supresiva o por erradicación y los agregados, típicas alteraciones de
carácter aditivo.
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Es curioso que en un tema como éste, relativamente
sencillo desde el punto de vista teórico y en el que tanto se ha logrado
a escala pericial, subsistan las discrepancias y que no se disponga
todavía de una nomenclatura depurada y consistente sobre el particular.
Precisar algunos conceptos básicos sobre el tema e intentar una
clasificación sistemática de los mecanismos de la alteración gráfica es
nuestro único propósito en el presente trabajo.
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La palabra alteración —derivada del verbo latino
alterare, de alter, otro— designa en su acepción primaria, la acción de
“cambiar la esencia o forma de una cosa”. Alterar, pues, es modificar o
transformar, convertir una cosa en otra. Algo así como “otrorar”, si el
lenguaje admitiera este insólito vocablo. En nuestro caso, alterar un
escrito equivale a mudar su apariencia o sentido mediante la adición,
supresión o sustitución de signos o elementos.
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Las alteraciones del documento pueden ser esenciales o
accidentales, según afecten o no el contenido intelectual o ideal del
escrito. Pueden ser también, unas y otras, intencionales o no
intencionales. Las primeras son las realizadas de manera deliberada para
corregir lapsus, cambiar el semblante o sentido originales del escrito o
para destruirlo. Las segundas, las registradas en la apariencia o en la
estructura de la pieza por factores casuales y externos, como la acción
del tiempo y los agentes atmosféricos, el ataque de insectos o el
contacto con determinadas sustancias (contaminaciones) las producidas
por el uso adecuado o no del documento (dobleces, perforaciones, roturas
y desgastes, por ejemplo).
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Según su mecanismo productor —el tipo de manipulación
que las genera— las alteraciones pueden ser aditivas o por agregación de
elementos, supresivas o por erradicación y sustitutivas o suspresivo-aditivas.
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La alteración intencional recibe el nombre específico
de adulteración cuando tiene por objeto mudar la verdad documentada. Se
entiende por adulteración —del latín “adulterare”— la “acción y efecto
de viciar o falsificar alguna cosa”. No todas las agregaciones o
supresiones hechas a un texto entrañan, pues, adulteración. La
corrección, v. y gr., de yerros mecanográficos y ortográficos y el
denominado retoque caligráfico —el que se realiza por razones de
legibilidad o estética— distan de ser dolosos. Constituyen, sin embargo,
típicas alteraciones.
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Analicemos brevemente las diferentes modalidades de la
alteración documental:
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1. Alteraciones aditivas o por agregación
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Consisten, en general, en la incorporación de nuevos
elementos gráficos al escrito. Las alteraciones aditivas concentran la
atención y la actividad del manipulador no solo sobre los elementos
materiales o sustrato corpóreo del documento, especialmente sobre la
tinta o compuesto escritor, que debe seleccionarse cuidadosamente para
evitar fatales contrastes con la grafía del contexto, sino también sobre
el signo en su forma y demás características grafonómicas.
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Se distinguen tres modalidades fundamentales de
adición: Retoque, enmienda e intercalación:
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1.1. El retoque: El Diccionario lo define como la
“Nueva mano que se da a cualquier obra para quitar sus faltas o componer
ligeros desperfectos”. Se le conoce también, por ello, con el nombre
elemental de corrección. El retoque gráfico está constituido por
adiciones, generalmente discretas, que se hacen a la estructura inscrita
para mejorar su legibilidad o apariencia. A menudo consiste en uno o más
trazos, de muy corta extensión, superpuestos o adosados al trazo
primitivo.
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Algunos autores estudian esta variedad, junto con la
enmienda, bajo la denominación genérica de alteraciones anfígenas . Las
causas del fenómeno son, ciertamente, muy variadas: Corrección de
un lapsus, mejora de las formas (retoques caligráficos), disimulo de
empates, adiciones, interrupciones o temblores (retoques de camuflaje),
prurito perfeccionista y otras causas morbosas (retoques patogénicos),
etc.
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El retoque puede ser parcial o total. El primero es un
pequeño añadido o una ligera rectificación encaminada a mejorar el
acabado formal de la estructura o a corregir un defecto del trazado. No
está constituido por una cifra, una letra o un signo convencional
completo, sino por un elemento gráfico simple agregado a la formación
defectuosa para rectificarla o disimularla.
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El retoque total o retinte, modalidad del covering-stroke
que analizan algunos autores de habla inglesa y que José y Celso Del
Picchia denominan cobertura es, en cambio, un repaso completo del signo
ya estampado en el papel . El manipulador repasa o retiñe estos signos,
sin hacerles ninguna modificación estructural. Se trata, pues, de un
trazado superpuesto sobre los lineamientos originales, casi siempre con
una coloración más oscura. Frecuentemente tiene por objeto el camuflaje,
pues disimula los contrastes cromáticos producidos por la enmienda, la
intercalación o el retoque realizados con anterioridad en el escrito y
escamotea los temblores, brisados y malformaciones de las unidades,
propios de los procesos de imitación o calco. Es frecuente en las
reproducciones mecánicas para ocultar el trazado pauta . Para el efecto
es muy común la utilización de rotuladores de fibra con tintas de color
negro o muy oscuras y punta gruesa.
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Es de la esencia del retoque no producir cambios en el
contenido ideal o mensaje del escrito. Constituye, pues, una típica
alteración accidental. Si la adición muda o transforma el signo en otro,
el mecanismo deja de ser retoque y se convierte en enmienda, alteración
esta sí sustancial, como veremos en el siguiente apartado.
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Para determinar si el retoque detectado es espontáneo
o si está asociado, de alguna manera, a una maniobra falsificadora, las
clásicas reglas de Osborn siguen siendo la mejor pauta: “Cuando más
innecesario, delicado y oculto —expresaba el maestro— tanto más
expresivo es el retoque en señalar la falta de legitimidad”. Y agregaba:
“Debe interpretarse de manera diferente la llana y abierta corrección de
un trazo cuando la tinta está agotada y la pluma falla en la escritura o
cuando es perfectamente evidente que toda una parte o toda una letra
errónea ha sido trazada primero y la letra o trazo correctos se han
hecho después sobre ella. La ubicación exacta del retoque en un escrito
es también una materia que debe considerarse diligentemente y puede por
sí indicar su carácter dudoso. Los intentos de mejorar partes poco
importantes son siempre sospechosos, máxime si éstas no son necesarias
para la legibilidad” .
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Por sí mismo, pues, el retoque no solo no implica
falsedad, sino que con mucha frecuencia nada tiene qué ver con ella.
“Hay que hacer énfasis —comentaba el Prof. Wilson R. Harrison poniendo
como ejemplo su propio autógrafo— en que la presencia de retoques o de
letras de diseño modificado en una firma no constituye, de ninguna
manera, un signo infalible de que ésta sea fraudulenta. Algunos
escritores descuidados retocan habitualmente sus firmas —el autor se
cuenta entre ellos— pero este retoque nunca debe ser confundido con el
tipo de retoque característico de una falsificación” .
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El retoque es a menudo, sin embargo, una adición
encaminada a ocultar otra manipulación, esta sí de carácter sustancial:
Una enmienda, una intercalación o una elaboración gráfica defectuosa por
transferencia, imitación o desfiguración. Constituye en este caso un
típico retoque de camuflaje.
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Son dos, pues, los criterios que orientan la
calificación pericial del retoque: Necesidad, por una parte, y
ostensibilidad, por la otra. La presencia de retoques inútiles
constituye siempre una campanada de alerta en el proceso de verificación
del escrito. Si no hay razón que justifique su presencia, lo más
probable es que nos encontremos ante un retoque de camuflaje. Si,
adicionalmente, el añadido ha sido hábilmente encubierto o disimulado
—es poco ostensible— el carácter espurio del grafismo será virtualmente
incuestionable. Hay que desconfiar, en consecuencia, de los retoques
localizados en zonas críticas del documento (fechas, valor en letras o
cifras, firma) cuando son evidentemente innecesarios, cuando han sido
habilidosamente encubiertos y, por supuesto, cuando concurren ambas
circunstancias. El retoque realizado con el evidente propósito de hacer
mas parecido el grafismo cuestionado a un modelo legítimo es
evidentemente un retoque de camuflaje.
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Para Jean Gayet, quien en estas materias sigue de
cerca los lineamientos de su maestro Locard, “El retoque es un
signo particular de enmienda. Lo efectúa el mismo que escribe, no con la
intención de modificar el sentido de la palabra, sino simplemente para
hacerla más legible” . Esta terminología, sin embargo, es confusa a
nuestro modo de ver. Retoque y enmienda son nociones claramente
diferentes, aunque especies de un mismo género: la alteración aditiva o
por agregación de elementos.
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1.2. La enmienda: Es la transformación o mutación de
un signo gráfico en otro mediante la agregación de uno o más trazos a su
estructura. Desde el punto de vista formal se asemeja al retoque.
Difiere de éste, no obstante, en que aquella comporta siempre
modificación del significante (el signifiant de Saussure) y del
significado (signifié, del mismo semiólogo) y el retoque solo de este
último. La enmienda es, pues, una típica alteración esencial o
sustancial y el retoque una alteración de carácter accidental.
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Hay enmienda en la conversión de un “0” en un
“8” ó un “9”, de un “1” en un “4” ó un “7”, de una “o” en una “a“,
por ejemplo. Lo que se añade al signo inscrito en la enmienda es un
trazo o grupo de trazos que por sí mismos no forman un elemento gráfico
completo, pero que lo modifican sustancialmente.
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La enmienda, insistimos, muda siempre el sentido
primigenio del documento. Constituye, por lo tanto, un presupuesto
fáctico de la denominada falsedad material por alteración. En la
enmienda, y en general, en las alteraciones aditivas, la principal
preocupación del manipulador es la de mimetizar el agregado, hacerlo
imperceptible, evitando su contraste formal, postural, dimensional y
cromático con las grafías del entorno.
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No todos los autores dan a los términos enmienda y
retoque el mismo alcance, como lo hemos visto en este mismo artículo.
Algunos, incluso, niegan a este último el carácter de verdadera
alteración, partiendo de la errada premisa de que solo es alteración la
que hemos dado en llamar esencial o sustancial. “Retoques —explican José
y Celso Del Picchia, por ejemplo, tomando la expresión en la acepción ya
apuntada— son agregados de pequeños trazos, sin modificar el tenor del
documento; al paso que las enmiendas implican cambios”. “Los retoques,
entonces —agregan— no serían modalidades de alteración. En general, se
hacen para perfeccionar el trabajo, lo que frecuentemente sucede en las
imitaciones de escritos. Las enmiendas, al contrario, se efectúan para
alterar el propio sentido de aquello que ya se encontraba escrito. Los
legos hacen frecuentes confusiones entre los dos términos, usándolos
indistintamente. Los mismos diccionarios abonan la confusión. El
técnico, sin embargo, aun cuando la tolere, no debe incurrir en ella” .
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Contrariamente al criterio anterior nosotros
vemos siempre en el retoque —excúsese la reiteración— una típica
alteración. De significante y no de significado (es decir, una
alteración accidental) pero, en todo caso, una verdadera alteración. Los
simples cambios en la apariencia o fisonomía del escrito, por sí mismos,
nunca entrañan falsedad, pero constituyen auténticas alteraciones. De
ahí que muy a menudo den lugar a importantes verificaciones periciales.
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Clement y Risi, por su parte, definen la enmienda
como “Una alteración que recubre parcial o totalmente una parte del
texto inicial; puede tratarse tanto de una simple letra, de una palabra
o incluso de una frase, como de una tachadura o de una ‘supresión por
censura’” . El concepto, como puede apreciarse, tiene aquí una extensión
muy amplia (engloba modalidades muy diferentes) y es confuso.
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1.3. La intercalación: Intercalar es interponer,
colocar una cosa entre otras. Como modalidad de la alteración
documental, la intercalación consiste en la incorporación o agregación
de signos gráficos completos —letras, cifras, palabras, párrafos, etc.—
a un texto determinado, casi siempre para variar su sentido original. La
simple adición de un punto o una coma, como se sabe, puede cambiar
sustancialmente el sentido de la frase. No siempre, sin embargo, la
intercalación es una alteración esencial o sustancial. Puede darse el
caso, así sea poco frecuente, de que el signo o signos agregados no
modifiquen en forma alguna el contenido ideal o conceptual del escrito.
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Jean Gayet propone el nombre genérico de
interlineación para abarcar no solo las agregaciones entre líneas, sino
también las que se hacen en las márgenes del documento y entre palabras:
“En el sentido estricto de la palabra —explica, refiriéndose a esta
denominación— debería tratarse únicamente de adiciones entre líneas;
pero esta acepción es demasiado restringida y es preferible englobar
indistintamente bajo este vocablo las adiciones en los márgenes superior
o inferior de la hoja, en los grandes espacios que separan los párrafos,
en los blancos del final de línea o entre las palabras. Este sentido
lato se justifica por la razón de que todos estos fraudes se comprueban
por los mismos métodos de examen” .
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Creemos, sin embargo, que no es necesario forzar los
términos y dar a la voz interlineación un alcance mayor del que le es
propio. Existe en castellano —y también, desde luego, en la lengua del
eminente criminalista galo— otra locución genérica que resuelve
admirablemente el problema: El término intercalación, que nosotros
adoptamos aquí en su más preciso significado.
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La intercalación puede ser marginal o textual, según
se haga en las márgenes del documento o en el cuerpo del mismo. La
intercalación textual se denomina también interpolación y recibe los
nombres específicos de interliteración, si va entre letras o cifras y de
interlineación, si se realiza entre líneas o renglones. Si se hace entre
palabras, se llama interpolación verbal o intervocabular. La
intercalación marginal suele darse también en el borde inferior de la
hoja, después de la firma, a modo de post scriptum.
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Todas las alteraciones aditivas se realizan por
reinscripción (manual o impresa) o por transferencia:
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a)
Reinscripción manual: Los nuevos elementos (añadidos) se escriben a mano
imitando fielmente las características del contexto, no solo en su
morfología, dimensiones y demás peculiaridades grafonómicas, sino en los
materiales mismos de escritura. El manipulador selecciona un compuesto
escritor igual, o lo más semejante que pueda, al del entorno. La
reinscripción manual se da casi siempre en los agregados a textos
manuscritos. A menudo, sin embargo, se le descubre también en impresos.
Ello ocurre cuando se imitan a mano elementos de esta índole.
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b)
Reimpresión: Los nuevos signos, letras, palabras o frases se agregan al
documento utilizando el mismo sistema de impresión y los mismos
materiales del contexto, o unos semejantes. Las mecanográficas son las
más frecuentes formas de reimpresión. Se acostumbran también, aunque en
menor escala, añadidos impresos de cifras, figuras y leyendas a
determinados documentos. La maniobra es más común en papel moneda
y documentos de identidad.
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c) La
transferencia: En algunos casos el manipulador decide implantar en el
documento que elabora o documento-destino figuras o grafismos extraídos
de un documento-fuente, o réplicas de los mismos. El procedimiento se
conoce como transferencia, en sus dos formas básicas: Directa o
trasplante e indirecta o facsimilar, mecanismos complejos cuyo estudio
demanda un espacio del que no disponemos en esta oportunidad .
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2. Alteraciones supresivas
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Reciben este nombre, en general, las alteraciones
producidas por mecanismos erradicadores, esto es, por manipulaciones
efectuadas sobre el signo gráfico inscrito para eliminarlo total o
parcialmente. Todas estas maniobras atacan física y/o químicamente la
materia escritora (tinta, grafito, etc.) y también, con frecuencia, el
soporte documental.
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Las manipulaciones supresivas son pues, físicas,
químicas y fisicoquímicas. Las primeras son la abrasión (raspado o
rasura y borrado o “gomaje”); la avulsión o depilación; la adhesión; la
ablación o mutilación y la disolución o lavado físico, maniobras que
pueden ser totales o parciales. Las erradicaciones parciales pueden dar
lugar también a una curiosa forma de enmienda por eliminación, como
sería la transformación de un “7” en un “1”, por erradicación del
trazo superior del dígito. El medio químico de eliminación por
antonomasia es la llamada decoloración o “blanqueo”. Los mecanismos
erradicadores mixtos, en fin, son el resultado de combinar esta última
modalidad con una cualquiera de las demás manipulaciones físicas, mas
frecuentemente con las abrasivas.
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Estudiemos brevemente cada uno de estos mecanismos
sustractivos:
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2.1. Erradicaciones físicas:
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2.1.1 Abrasión: Nombre derivado del verbo latino
abredere, que significa raer. Consiste, en general, en la remoción de
los compuestos escritores desecados, asentados en el soporte en forma de
trazos, por frotación con objetos ásperos, cortantes o punzantes. Admite
dos formas diferentes, según su severidad:
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a) Raspado o rasura: Es la eliminación del signo por fricción o roce con
un elemento rugoso y áspero, como la piedra pómez, el papel de lija, los
pinceles de fibra de vidrio o las esponjillas pulidoras de metal ;
con un cuerpo cortante o afilado —hoja de afeitar, bisturí o
similar— o punzante —estilete, lezna, aguja, alfiler, etc.—.
A los llamados borradores de tinta, fabricados a partir del caucho, se
les suele adicionar carborundo, piedra pómez o productos análogos,
finamente pulverizados, para aumentar su rugosidad. Su modus operandi
es, pues, el raspado.
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Las posibilidades de éxito de este mecanismo, como muy
bien lo hacía notar el argentino Hernán A. Wallace, aumentan con el
grado de viscosidad de la tinta y, paradójicamente, con la calidad del
papel. Contrariamente a lo que suele creerse, el raspado logra con
frecuencia óptimos resultados en papeles de seguridad, especialmente en
formatos de intrincados fondos impresos.
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b) Borrado: Designado a veces con el galicismo gomaje. Es la eliminación
de escritos por fricción suave con
migas de pan o con gomas especiales de caucho vulcanizado (borradores).
El instrumento erradicador en este caso es un elemento suave, a
diferencia del raspado. Su mecanismo de acción, por lo tanto, es
diferente de este último. Es menos profundo y, a la vez, menos
localizado o circunscrito. El borrado es una manipulación bastante
frecuente y sus posibilidades de éxito son a menudo tan grandes que
muchas veces resulta difícil, cuando no imposible, su comprobación
pericial.
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Avulsión o depilación: Es un curioso mecanismo de extracción de las
fibras celulósicas pigmentadas del grama con ayuda de una buena lupa y
de una pinza común de depilar. El manipulador extrae una a una las
fibras coloreadas erradicando de esta manera el trazo formado por las
mismas. El término avulsión deriva del latín avulsio, del infinitivo
avelere, extirpar. Las fibras largas de lino y algodón, tan comunes en
los papeles de alta calidad, favorecen la maniobra, pues son mas
fácilmente manipulables.
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El raspado y el borrado son mecanismos drásticos. El
primero, concretamente, ha llegado a calificarse por algunos estudiosos
como un método “salvaje”. Por este motivo, las lesiones que produce
suelen ser muy notorias. Afectan la rigidez y el calibre del soporte,
destruyen su brillo superficial, su encolado y su lisura. La mayor
desventaja del raspado es la de comprometer segmentos limpios del
escrito aumentando así su deterioro y, de paso, haciendo más evidente la
manipulación.
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Para evitar estos inconvenientes el agente trata de
circunscribir la operación a lo estrictamente necesario. El examen
amplificado del trazo, con ayuda de una buena lupa, le permite
distinguir muy bien las fibras pigmentadas, las cuales va levantando
cuidadosamente, una a una. Luego, procede a retirarlas con la pinza, por
tracción. Es una auténtica depilación del documento, poco frecuente, que
no es posible en todos los papeles y que demanda, por supuesto, gran
habilidad. A menudo constituye el “toque final” de una
erradicación abrasiva: Se depilan las fibras erosionadas de la pasta,
quitando al papel el aspecto velludo, tan típico de los raspados
mecánicos.
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2.1.3. Ablación o mutilación: Es la eliminación de
escritos por recorte, cercenamiento o amputación. En su forma más simple
consiste en recortar por rasgado o con guillotina, bisturí, cuchilla o
tijeras, las partes del escrito que contienen las leyendas que se desea
suprimir. La incineración parcial del documento es también una forma de
mutilación, aunque poco usual. “La amputación —dice el criminalista
argentino Roberto Albarracín— consiste en la supresión de una
parte del soporte donde está extendido el documento, valiéndose de
elementos cortantes o del fuego. Generalmente se persigue eliminar, por
ese medio, la constancia de haberse cancelado la obligación que aparece
extendida y firmada en la porción superior del mismo, de haberse
concedido nuevos plazos para su cancelación, de haberse variado las
condiciones de pago, etc.” .
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En su forma clásica la maniobra se reduce a la simple
supresión de una parte del escrito, pocas veces seguida de una
restauración. Con frecuencia, sin embargo, la amputación no es simple,
sino la primera fase de una operación más compleja, como ocurre en las
transferencias directas de tipo mecánico.
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2.1.4. Adhesión: Es la eliminación del signo mediante
la aplicación de un elemento viscoso o pegajoso: Una cinta transparente
común, tipo Scotch, o de las empleadas en labores de empaque; una
película gelatinizada; una hoja de contact o, en su defecto, cualquier
objeto o material adherente, como el colodión. La íntima unión del
erradicador (superficie adhesiva) con el trazo, hace que los pigmentos
de éste se peguen a aquel, se desprendan de la faz del documento. Es el
mecanismo de acción de la plastilina limpia-tipos, que los mecanógrafos
presionan firmemente sobre los caracteres equivocados para eliminarlos y
el de algunas máquinas de escribir, que disponen de una cinta adhesiva
especial para estos efectos .
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La adhesión supone en el pigmento por remover un bajo
grado de adherencia al soporte. Las partículas de grafito y las tintas
de alta copiabilidad son más susceptibles de eliminación por este medio,
como es fácil comprender. Con frecuencia los falsificadores se valen del
vapor de agua o de otros solventes, en dosis adecuadas, para facilitar
la operación. En este caso, sin embargo, el mecanismo no es mas que la
fase terminal de una eliminación por disolución, de la que nos ocupamos
en el siguiente apartado.
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2.1.5. Disolución o lavado físico: Como su nombre lo
indica, consiste en la supresión o eliminación de escritos mediante
disolución de sus trazos con solventes adecuados, aplicados directamente
sobre ellos y su extracción posterior por absorción o adhesión. La
frecuencia del mecanismo ha disminuido considerablemente, debido a la
alta resistencia de las tintas modernas (particularmente las de
bolígrafo) a los solventes más comunes.
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Dado el conocido carácter polar de sus moléculas y la
facilidad con que las mismas establecen enlaces de hidrógeno con otros
compuestos, el agua constituye el solvente universal por excelencia. No
todas las tintas, sin embargo, son solubles en este medio. Muchas de las
actuales tintas de escribir —particularmente las mas modernas de
bolígrafo— han sido fabricadas a partir de compuestos insolubles en
agua.
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En la disolución o lavado físico —debemos insistir en
este aspecto— no se producen reacciones químicas stricto sensu. El
solvente ayuda a remover los colorantes o pigmentos de la tinta dada su
natural solubilidad —caso de la nigrosina o indulina, por ejemplo— o su
estado de suspensión en sustancias gomosas —como acontece con denominada
tinta china y, en general, con las tintas carbonosas— pero en ningún
caso hay transformación de la naturaleza del preparado.
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La tinta, como se sabe, es un compuesto formado por
dos elementos básicos: Colorantes o pigmentos, por una parte y vehículo
o soporte, por la otra. En las tintas carbonosas el pigmento está
constituido —de ahí su nombre— por carbón o negro de humo finamente
pulverizado, obtenido por combustión de materiales orgánicos. El
vehículo es una solución coloidal de cola o goma arábiga (en las tintas
más primitivas) o de goma laca en bórax o amoníaco, en formulaciones mas
recientes. Con frecuencia, llevan como colorante agregado el denominado
azul de Prusia (ferrocianuro férrico) para eliminar el tono amarillento
que se puede presentar con pigmentos de mala calidad .
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Al depositar la tinta sobre el papel, los ingredientes
de la mezcla se separan por filtración selectiva. Los pigmentos de negro
de humo o carbón amorfo, insolubles y químicamente inertes, quedan
atrapados por las fibras celulósicas en la parte superficial de la hoja
y retenidos por una delgada capa de goma, mientras el vehículo penetra
en la pasta —se infiltra— alojándose allí en forma definitiva, o se
evapora. El examen microscópico del trazo permite, generalmente,
reconstruir estos fenómenos.
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La erradicación del trazo carbonoso resulta
relativamente fácil por procedimientos mecánicos —por abrasión,
avulsión o adhesión— o por simple lavado físico,
empleando como solvente el agua, pero preferiblemente por la acción
combinada de lavado y abrasión, ya que esta operación disgrega de nuevo
las partículas del pigmento, facilitando su retiro de la superficie.
Estas operaciones son delicadas, desde luego y demandan especial
habilidad .
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El lavado integral de las clásicas tintas
ferrogalotánicas es virtualmente imposible, por tratarse de soluciones
acuosas con gran poder de penetración y con una base metálica resistente
a este tipo de maniobras. Aplicada sobre el papel la tinta penetra entre
las fibras dejando en el interior de la pasta su coloración
característica y un depósito de sales minerales, obviamente insoluble.
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Las tintas de anilina, por su parte, están compuestas
por pigmentos orgánicos sintéticos en solución acuosa, con algunos
aditivos que les dan estabilidad y fluidez y son fácilmente lavables con
agua. No obstante, suelen fabricarse tintas de anilina resistentes al
lavado, suspendiendo los pigmentos en una solución de goma laca
solubilizada con un aditivo de bórax, bicarbonato de amonio o amoníaco.
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Las tintas de bolígrafo, en cambio, suelen ser
resistentes a la eliminación por lavado físico, como ya anotamos.
En ellas los pigmentos representan un porcentaje importante de la
mezcla, van disueltos o suspendidos en vehículos grasos o de
consistencia oleosa, o en soportes alcohólicos o de resinas sintéticas.
En los bolígrafos de mas reciente fabricación y en todos los de cierta
calidad, se combinan diferentes tipos de pigmentos con propiedades
físicas y químicas diversas. Al intentar disolver el trazo el
falsificador puede tropezar con el obstáculo de que los colorantes del
compuesto tienen diferente solubilidad. El solvente elegido puede,
entonces, atacar solo alguno o algunos de esos colorantes y dejar
incólumes los demás. El efecto es un llamativo cambio en la tonalidad
del trazo, que delata la maniobra cuando ésta se ha interrumpido, lo que
acontece a menudo, para no causar mas daño al documento.
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Las tintas de bolígrafos ordinarios —con soportes
oleosos clásicos, basados en aceite castor, oleína, etc., muy utilizados
hasta mediados del siglo pasado— pueden eliminarse con solventes
orgánicos como la dimetilformamida, el dimetilsulfóxido, la piridina o
el éter de petróleo y con ésteres o hidrocarburos halogenados. Este tipo
de bolígrafos, sin embargo, es cada vez más escaso, dada la mala calidad
de escritura que producen. El barsol y el thinner se emplean
frecuentemente también como solventes, al igual que los detergentes
líquidos, e incluso la cerveza. Los resultados son, desde luego, muy
variados.
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Los lavados pueden ser totales o parciales. Los
primeros —llamados también integrales— se realizan por inmersión del
documento en el solvente. Los segundos, por aplicación directa de éste
sobre el trazo. El tratamiento puede hacerse por pincelado con un hisopo
ad-hoc —trozo de papel filtro en forma de embudo, mota de algodón
empapado, etc.— o por depósito del solvente en pequeñas gotas con
una micropipeta o instrumento agudo. Cada vez son mas frecuentes los
lavados puntuales, en los que se concentra la acción del solvente
en una zona muy precisa, controlando la operación a la lupa. Variedad de
este método es el retoque del trazo con una pluma metálica muy fina o
con una cerilla, embebidas en el solvente elegido .
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El paso final en el lavado físico es la remoción o
retiro de la solución con un agente absorbente o secante, como el papel
toillette o el papel de filtro de laboratorio. Los papeles secantes
tradicionales son cada vez más escasos, aunque todavía pueden
conseguirse. En Colombia se utilizan a menudo para estos efectos, con
excelentes resultados, el talco y la harina, polvos que se eliminan mas
tarde por soplado y sacudida fuerte del documento.
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2.2. Erradicaciones químicas:
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Se emplean los términos decoloración y blanqueo,
indistintamente, para designar la supresión de escritos por medios
químicos. La decoloración se realiza depositando sobre la estructura que
se desea eliminar un reactivo que degrade los pigmentos del trazo y
modifique su color. La reacción química producida —un cambio en la
composición de las sales que dan su matiz peculiar al preparado, en las
tintas clásicas— hace que el signo pierda su contraste cromático con la
superficie y se torne de más difícil visualización. Resulta
relativamente fácil, en caso necesario, ocultarlo mediante la
superposición de un nuevo trazo.
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Lo que busca este antiguo procedimiento es mudar la
tonalidad original del grama por una coloración críptica. El blanqueo,
por lo tanto, constituye más un mecanismo de camuflaje (mimetismo
cromático) que de eliminación, en el estricto sentido de la palabra.
Recuerda el singular disfraz de algunas especies animales, que adoptan
los colores del entorno para burlar a sus depredadores naturales.
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Los reactivos decolorantes son generalmente soluciones
diluidas de compuestos oxidantes aunque, como bien lo advierten los
expertos argentinos , no se descarta teóricamente la aplicación de un
principio opuesto a la oxidación, es decir, de un mecanismo de
reducción, especialmente en las tintas de anilina, mediante la
transformación de sus pigmentos en leuco-derivados. Pueden presentarse
en este último caso, sin embargo, al exponerse el documento al aire,
regeneraciones espontáneas del escrito.
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Es frecuente en la literatura técnica presentar bajo
la denominación genérica de “lavados”, la extracción por disolución —que
hemos estudiado como lavado físico— y la decoloración o blanqueo
químico. La unificación de estos procedimientos es comprensible, no solo
porque todos ellos pueden ser catalogados o agrupados dentro de los
métodos químicos, sino porque rara vez se dan en forma aislada.
Conviene, sin embargo, distinguir muy bien estos mecanismos, pues en la
disolución o lavado físico hay una simple disgregación de las partículas
colorantes, seguida de su extracción por absorción o por otros medios
mecánicos y en el blanqueo o decoloración, un auténtico cambio en la
naturaleza del pigmento o colorante y consecuentemente de su tonalidad.
En el lavado físico se disuelve el trazo para después retirarlo del
documento, generalmente con un secante. En la decoloración o blanqueo la
tinta permanece en el papel. Simplemente muda de color, en virtud de una
reacción química que cambia su naturaleza y propiedades físicas, entre
ellas el color.
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Casi siempre la decoloración va acompañada de otro
mecanismo erradicador: Lavado físico, manipulación abrasiva, etc. En las
tintas clásicas el fenómeno es muy claro. Los ingredientes minerales de
las tintas férricas, convertidos en sales tras el tratamiento oxidativo,
pueden reactivarse. Consciente de este peligro, el falsificador elimina
esos remanentes metálicos lavando el documento o raspándolo. El lavado
químico es la combinación de decoloración o blanqueo y lavado físico.
Es, pues, un mecanismo de acción mixta.
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Los escritos a lápiz no son eliminables por simple
lavado ni por medios químicos. Puede asegurarse que solo los
métodos mecánicos, especialmente los abrasivos, pueden dar resultados
admisibles con ellos. El grafito o carbono cristalizado de las minas,
por su proverbial inercia, es inmune a los reactivos químicos y, como lo
advierten todos los manuales de criminalística, si se adopta para
erradicarlo un tratamiento demasiado drástico, el papel será el primero
en mostrar las secuelas del ataque.
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Los erradicadores químicos se conocen comúnmente como
borratintas, correctores o matatintas. Son muchos, sin embargo, los
compuestos que tienen esta propiedad. Los reactivos oxidantes mas
empleados —dependiendo, por supuesto, de la clase de tinta— son el
hipoclorito de sodio, el ácido oxálico o etanodioico en solución acuosa,
el agua oxigenada con ligero añadido de amoníaco, el permanganato de
potasio con un poco de ácido sulfúrico de pH ligeramente acidificado y
el ácido hipocloroso. El permanganato suele acompañarse de bisulfito de
sodio, sal ácida que elimina la insoluble mancha castaña de bióxido de
manganeso que suele dejar aquel en la superficie del documento. También
hacen parte de este grupo los cloratos, persulfatos y perboratos.
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Se citan como reactivos reductores el hiposulfito de
sodio, el trióxido de titanio, el cloruro estannoso y la hidracina, por
ejemplo. Para eliminar trazos de bolígrafo se prefieren solventes
alcohólicos, acetona, glicol, piridina, dimetilsulfóxido,
dimetilformamida y soluciones jabonosas. El permanganato y el ácido
sulfúrico diluido pueden utilizarse también en forma conjunta. Con las
tintas modernas, especialmente con las de bolígrafo, la selección del
solvente no es fácil, sin embargo.
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3. Alteraciones sustitutivas
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Constituyen una socorrida forma de alteración
documental. Pocas veces, como hemos dicho, la erradicación de signos o
elementos se da en forma aislada. Lo más frecuente es que se elimine
para asentar luego, en el sitio correspondiente, una nueva inscripción.
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Las leyendas añadidas producen el efecto adicional,
importante para el falsificador, de cubrir las huellas del mecanismo
erradicador. El diagnóstico de la alteración supresivo-aditiva, sin
embargo, no ofrece dificultades adicionales a las propias de la
supresión y de la adición. Son aplicables a la alteración sustitutiva,
en consecuencia, los métodos y técnicas de análisis correspondientes a
la erradicación y a la agregación de elementos
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La más frecuente modalidad de alteración supresivo-aditiva
o por sustitución es, sin embargo, la obliteración, mecanismo
consistente en la eliminación de signos por tachadura o testadura,
manipulación relativamente frecuente y que plantea el problema técnico,
a veces insoluble, de la regeneración o lectura del material encubierto.
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Para erradicar el elemento, el agente traza encima de
él signos, líneas o manchas que lo ocultan o enmascaran. En la
obliteración se suprime agregando, de ahí que hayamos decidido
clasificarla como alteración sustitutiva.
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El nombre obliteración, que algunos consideran
inapropiado, proviene del latín oblitterare, —de ob, sobre y
littera, letra— que significa borrar, abolir. El Diccionario
define la expresión obliterar como “Obstruir o cerrar un conducto o
cavidad de un cuerpo organizado”. En nuestra lengua obliteración
equivale a obturación, atascamiento. En cierta forma, al resultado de la
acción de rellenar. La etimología del término no se opone pues, en modo
alguno, a la acepción que al mismo se le viene dando, tanto en inglés —obliteration—
como en castellano. Lo que hace el manipulador en esta modalidad de
supresión gráfica es algo así como rellenar con nuevos trazos, o con una
mancha de tinta, los espacios vacíos o “blancos” de los signos que desea
cancelar o eliminar. Los Del Picchia denominan sobrecarga a esta
peculiar forma de erradicación, como ya hemos anotado, distinguiéndola
de las cancelaciones, “Tipo especial de sobrecarga en el cual uno o más
vocablos son suprimidos, a través de un delineamiento recto, o curvo, o
con varios trazados. En el cancelamiento, la palabra o palabras
canceladas, permiten en general su lectura. En caso contrario, se
transforman en sobrecargas” . Buquet llama al fenómeno censura ,
mecanismo que define como la acción de recubrir un escrito de un baño,
para dejarlo ilegible .
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El liquid paper, introducido al comercio desde1951, es
un buen ejemplo de producto obliterador. Algunas máquinas de escribir
posteriores a 1973 disponen de cintas que depositan sobre el signo
equivocado un material análogo, de color semejante al del papel. Entre
ellas la Correcting Selectric, de la IBM y modelos posteriores,
mencionados anteriormente. Se consiguen también pequeñas bandas de papel
que se intercalan entre el tipo mecanográfico y el soporte en el momento
de efectuar la corrección, imprimiendo nuevamente el signo equivocado.
Al escribir encima la operación resulta poco perceptible.
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