La interdisciplinariedad, virtud cualitativa del jurista

 

 

Francisco Viñals Carrera

Director de los Masters en:Criminalística - Grafoanálisis de la Universitat Autònoma de Barcelona, Jurista Profesor de la World Jurist Association, Condecorado con Placa por el Ministerio de Defensa, Miembro de Honor de AAFAS, ADPCI, ACPCA

 

 

(Extractado del –Diccionario Jurídico-pericial del documento escrito, de F. Viñals y MªLuz Puente, Ed. Herder, 2006)

 

 

 

La interdisciplinariedad contribuye de forma definitiva al desarrollo de la ciencia jurídica pues completa los posibles vacíos o desconocimiento de otros aspectos que muchas veces son los causantes de la excesiva teorización de los conceptos y el derecho no es más que sentido común.

 

Resulta hasta cierto punto justificable que un jurista, como en un ejemplo que vimos, intente demostrar que la pena de homicidio debía quedar solo en estafa en el caso del médico que simuló iba a operar a su cliente de algo que no tenía con el solo fin de cobrarle, con tan mala suerte que falleció dicho cliente en la simple aplicación de la anestesia, en dicho caso, la interdisciplinariedad podría al jurista aportarle una visión más clara de que no solo debe aplicarse el delito de estafa en dicho caso, pues en una adecuada jerarquía de valores debe considerarse que el poner en peligro la vida de una persona y, es conocido por toda la profesión médica el tanto por ciento de riesgo que conlleva una anestesia total, y aún siendo conscientes de que el médico no quería matar al paciente, su osadía implica como mínimo una indiscutible imprudencia temeraria.

 

Algo parecido ocurre con la autofalsificación, término muy acertado como el de “autorrobo” (todas la compañías de seguros y los detectives lo utilizan por lo didáctico o comprensible que resulta); algún autor afirma que no hay falsificación en la autofalsificación, que en todo caso puede haber estafa, personalmente y de acuerdo con la destacada jurisprudencia de la Sala 2ª del Tribunal Supremo, creo que sí puede considerarse falsificación. Si los detractores de esta tesis argumentan que uno no puede falsificarse a si mismo porque subyace su propia identidad gráfica, tampoco podrían condenarse a los autores que imitan firmas de otras personas (el que p. ej. quien ha cobrado un documento de reintegro imitando la firma de su titular) pues igualmente subyace la identidad gráfica del falsificador. El que modifica conscientemente su propia firma o escritura para no reconocerla posteriormente, está adoptando la personalidad de alguien anónimo o inexistente o incluso imitando una personalidad distinta para que no se le identifique, por lo tanto es un proceso a la inversa, pero igualmente una falsificación pues consigue el objetivo en el tráfico jurídico. Si no fuera así, ¿cómo podríamos hablar de falsificación de billetes de banco en el caso de que el autor hubiera lavado un dólar de inferior valor y lo volviera a imprimir con un valor superior? el billete sigue siendo auténtico pero por la deformación aplicada se ha convertido en una falsificación, no en una mera estafa., otra cuestión será si suma o resta con la estafa, pero cada concepto es suficientemente claro.

 

Un ejemplo de esa visión cognitivo-global que contribuye al enriquecimiento de la ciencia del derecho fue la aportación de la Sala 2ª de Tribunal Supremo al definir el documento complejo o combinado y basar la responsabilidad en la efectividad intencional con el efecto que ha surtido en el tráfico jurídico.

 

El estudioso que pueda conectar otras disciplinas al derecho conseguirá una visión más amplia, objetiva y concreta de la realidad absoluta, precisamente a la que todos los juristas deseamos acercarnos, y si precisamente tratamos el derecho y el deber como algo indefectiblemente conectado a la condición humana, tenemos la obligación moral de profundizar en el estudio del hombre, ya sea con la psicología que muchas veces influye en el pensamiento de los defensores cuando abogan por una sociedad más integradora y justa, por una reinserción efectiva, etc., produciendo incluso errores como los de la ley del menor,  ya sea con el psicoanálisis que descubre verdaderas “sentencias” asumidas entre los 0 y 6 años de vida del ser humano y que configuran guiones a veces destructivos donde poco se puede hacer sin un compromiso social decidido en la educación infantil, programas televisivos, ayuda a la familia, etc., ya sea la psiquiatría y la medicina con sus pruebas biológicas de determinadas tendencias criminales, patologías, etc. que ponen en juego otras muchas de las teorías de socialización, ya sea la criminalística que explicando con medios técnicos la cada vez más sofisticada inteligencia del delito y que también pone a veces en “jaque” la generosa vocación social del penalista, ya sea la antropología en  la actual problemática de la inmigración y los derivados de la aldea global, cumpliendo un papel decisivo en la sociedad de la información, la sociología, la historia y un largo etcétera de materias a tener en cuenta.

 

La interdisciplinariedad también es aplicable al ejercicio práctico de la abogacía y de la judicatura, no en vano los abogados que hemos tenido el honor y la satisfacción de formar en nuestros postgrados de la UAB (que deben ser buenos pues va apareciendo alguna réplica), no solo comprenden mejor el alcance y efectividad de la prueba pericial sino que son capaces de discernir con propiedad las aportaciones técnico científicas de cada gabinete y ellos mismos son capaces de ver si vale o no la pena solicitar determinada prueba, tener en cuenta o no los resultados, realizar las consideraciones necesarias, las preguntas oportunas, recurrir a otras entidades, etc. y lo que es más importante conocer mejor la mente humana y su vertiente criminal discerniendo entre el engaño culpable y la ingenuidad inocente, alcanzando en algunos casos a poder discernir entre lo aceptado por el Código Civil como asesoramiento en el testamento ológrafo de lo que es el “dictado” a un testador con las facultades tan mermadas que no está escribiendo su voluntad consciente.

 

El jurista tiene que evitar caer en la tentación de servir a intereses políticos, una cosa es sugerir al grupo parlamentario que se observe más afín con la propuesta el facilitarle los estudios y alternativas, algo de lo que tengo una cierta experiencia y además bastante positiva por haber conseguido modificar en parte algún proyecto de ley que consideraba bastante injusto para determinados colectivos relacionados con la seguridad, y otra cosas muy distinta es venderse a un partido político; en este último caso los resultados no favorecen a la ciencia jurídica y menos a los juristas, y dejando aparte el tema legislativo donde nos podríamos extender de forma interminable, en la doctrina tenemos un claro ejemplo de ese tipo de desastre con repercusión social como es la contradictoria resolución del Tribunal Constitucional, como supongo adivinarán todos me refiero a la sentencia 63/2005 desautorizando la reiterada jurisprudencia del Tribunal Supremo e incluso de los propios legisladores al interpretar que cuando el código penal dice que la denuncia o la querella interrumpen la prescripción del delito, intente el TC hacer creer que lo que se quiere decir es algo que no aparece ni ha sido siquiera insinuado en ninguna parte: que tiene que existir una resolución judicial además de la iniciación de procedimiento.  Como mínimo exaspera los ánimos sociales por la confusión más propia de la sociopatía posmoderna que de un alto Tribunal obligado a facilitar doctrina con responsabilidad.

 

Dejando aparte los posibles intereses políticos, también de forma lamentable el teórico del derecho acostumbra a convertirse en un ingeniero de dicha materia, considerando las leyes como si de un juego se tratara, con elementos de retórica, expresión manierista con jerga tecnócrata, combinaciones lingüísticas de tal sofisma que lo más importante es ganar en el sentido egoico por haber logrado “marear la perdiz”, sortear y reinterpretar los límites, para ello como más complicadas sean las premisas y sus criptográficos postulados mucho mejor, pues pocos pueden seguir el entramado.

 

Por supuesto la misión de las ciencias jurídicas nada tiene que ver con los lucidos discursos que no dicen nada, y menos con las complicaciones de ciertas megalomanías judiciales que garantizan una artificiosa y petulante salvaguarda para que nadie descubra la triste miseria con que se sustentan las cosas, afortunadamente tenemos en España excelentes juristas que convierten esos casos en mera anécdota.

 

El triunfo del derecho se logra al convertirlo en asequible, los conceptos fáciles, la justicia comprensible, sobria y cercana, ciertamente resulta muy difícil conseguir definiciones sencillas de las cuestiones jurídicas, pero en este sentido va a la par con la filosofía y ambas se reconocen e identifican, no tanto en la estética como en la ética.

 

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